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Quiero ser canadiense

By ImmaAguilar | 29/08/2017 | 0 Comment

Publicado en eldiario.es

 

El próximo jueves entra en vigor una reforma legal en Canadá que permite identificarse en los documentos oficiales no como ‘Mujer’ o como ‘Hombre’, sino como ‘X’, lo que dota de mayor libertad a las personas para definirse de forma distinta o simplemente para no definirse. Así lo anunció el ministro de Inmigración, de Refugiados y de la Ciudadanía, Ahmed Hussen. (¡Tienen un ministro musulmán de inmigración, refugiados y ciudadanía!) Y parece que estas cosas solo pasan en Canadá o en las utopías de las series de televisión. El propio gentilicio ‘canadiense’ es neutro, es ‘X’.

Da la impresión de que todas las noticias que nos llegan de aquel país son los indicadores de un modelo ideal y sin fisuras, de una política eficaz y magnánima ejercida por el gobierno de Justin Trudeau, el líder perfecto. El anti-modelo, en este marco, sería Venezuela ya que todo lo que llega del país latinoamericano son indicadores de lo contrario. Pero la realidad no es la misma que la percepción que tenemos de ella. En el medio de ambas, intereses, resistencias, oligocracias, petróleo, marketing. Lo que decimos no siempre es la descripción de la realidad sino el intento de crearla. Y de creerla.

El politólogo británico David Runciman publicó en 2014 publico ‘Política’ (Turner), un ensayo en que comparaba Siria y Dinamarca bajo la pregunta ¿dónde escogerías vivir? La respuesta es aplastantemente mayoritaria a favor de Dinamarca, sin embargo ni es mejor su clima, ni su gastronomía, ni su cultura. La razón para la aplastante mayoría de respuestas que escogen a la tranquila Dinamarca frente a la conflictiva Siria, es la política. Esta es la tesis de Runciman. La misma comparativa podríamos hacer entre Venezuela y Canadá, como dos modelos políticos antagónicos, entre los que se rebelan a la globalización (por no decir el imperialismo estadounidense) y lo que se alían con ésta. La política no son las instituciones sino el resultado de su incidencia en la vida de la gente y en su felicidad. Según el autor, la felicidad no depende de los placeres, la comida, la luz, el sol, la cultura, la historia, sino de la política que nos da la paz y la estabilidad económica. Son los modelos imperantes que marcan quién puede ser feliz en un país y quién no.

Yo quiero ser canadiense para disfrutar de un país sin inseguridad, sin terrorismo, donde en las consultas para la independencia gana el No, con un presidente feminista, amante de la diversidad, deportista, limpio y guapo. Un país en que cuando nace el sentimiento secesionista promulga una ley a la que llama Ley de Claridad para dejar fijados los términos de las consultas populares. Y que actúa y marca las reglas del juego con transparencia y lealtad territorial, respetando sensibilidades. Y que cuando ese sentimiento se vuelve a despertar, vuelve a actuar y lo vuelve a respetar.

No conozco al embajador de Canadá en España (quien también lo es de Andorra), Mathew Levin, pero voy a hacer todo lo posible para preguntarle cómo han hecho su reforma educativa, su ley de claridad, cómo han conseguido ser tan seguros y tan felices; a ver si consigo saber cómo hacer para que mis hijos no tengan que irse un año a estudiar a Canadá para tener idiomas, no se crean todo lo que les cuentan, y sepan que Venezuela es el país con mayores reservas de petróleo del planeta.

 

 

 

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