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Política anfibia

By ImmaAguilar | 22/08/2017 | 0 Comment

Publicado en el Blog de Maxi Aguiar

Un anfibio es un animal vertebrado acuático que respira por branquias durante su primera edad y se hace aéreo y terrestre respirando por pulmones en su estado adulto. Sufre una metamorfosis por su necesidad de adaptación. En la política estamos pasando una etapa de convivencia de dos paradigma. Conviven, por un lado, el viejo modelo de partidos, institucional, basado en la mediación de los partidos, en decadencia, y sumando capas de cosas nuevas que se centran en la experiencia de uso. Y, por otro lado, el del nuevo sistema, el interpersonal, que trata de deconstruir el modelo para encontrar el nuevo “core” de la oferta política.

Frente a un modelo herido de muerte basado en el poder centralizado y piramidal, orientado al producto, observamos uno emergente que distribuye la decisión, empodera a los ciudadanos y está orientado a la participación. Un modelo que mira hacia adentro y otro que lo hace hacia el exterior, exogámico.

 

En el modelo antiguo, todo está previsto y teorizado, y es previsible. Los candidatos están construidos y responden a cánones autoimpuestos. La gestión del talento está puesta en duda y, generalmente, hay desaprovechamiento y derroche de energía. La renovación de cuadros es lenta e ineficaz.

Suele ser un modelo ideológico que aporta respuestas para todo pero que impide las dudas y las preguntas.

 

El modelo nuevo se cimenta en una estructura de plataforma que pone en contacto a personas, sin intermediarios. Prima la autenticidad de los candidatos. Su “normalidad” y su estatuts de “outsider” son valorados como los principales atributos. Ya no es una pirámide, es una red cuya cabeza visible representa a todos con la máxima legitimidad porque ha sido escogida con todas las garantías democráticas. Es un modelo abierto, mutante y en construcción.

 

Los partidos que pertenecen al modelo clásico, el institucional, empiezan a comprender que su modelo está en crisis y vislumbran su final cercano. Nadie sabe si este modelo está en su fase final o es tan solo una coyuntura desfavorable producto de una situación concreta. Lo cierto es que han empezado a adaptarse al nuevo medio con mayor o menor acierto en cada caso. Es la política anfibia. La metamorfosis adaptativa para la supervivencia de los partidos.

 

Estos partidos anfibios que en su vida madura cambian su forma de respirar y generan otros órganos para adaptarse a un medio distinto al que les vio nacer y crecer, incorporan capas de experiencia de usuario en un apariencia de mayor democracia y utilidad basada en:

 

-La renovación. El partido antiguo necesita imperiosamente mostrar una cara nueva, con perfiles sin lastres políticos, no vinculados a la élite y con una percepción de auténticos y cercanos. En este caso, si las personas son distintas, sigue siendo reclamada la firmeza y el hiperliderazgo, incompatible hasta ahora con candidatos reconocidos y aferrados al establishment.

 

-La participación. La tecnopolítica permite que la acción pública de los partidos y los gobiernos pueda ser orientada a la participación como medio y no como fin. Las organizaciones políticas están en camino de comprender que la gente participa cuando tiene sensación de que haciéndolo puede cambiar algo. En definitiva, se trata de llegar al convencimiento de que la gente no quiere participar, lo que quiere es influir y provocar cambios. Nada moviliza más que la posibilidad de cambiar las cosas con la acción individual.

 

-La transparencia. Ya no hay excusas para la endogamia y la opacidad. Las instituciones de la política son fiscalizadas y escrutadas más que nunca. Se impone la transparencia como premisa básica para la confianza. Ser transparente no es otra cosa que se creíble y confiable. La confianza sí se presenta como una oferta electoral tras un largo periodo de ruptura del pacto entre ciudadanía y política a causa de la corrupción y la falta de ética de los diferentes actores.

 

-El pragmatismo. Si una de las principales críticas que se hace a la política es su falta de ética, la otra es su falta de eficacia. En tiempos de crisis e incertidumbre, se demandan soluciones inmediatas. Un política más práctica se ha revelado como la fórmula más eficaz para ganar terreno en el escenario público, tanto en los casos de inestabilidad económica como inestabilidad política. Ante el miedo al populismo, a la radicalidad, el pragmatismo de ofertas de tipo liberal se han impuesto con cierta facilidad.

 

-La emocionalidad. La gestión del ánimo colectivo, el humor social, orientado a las personas, una a una, es la mejor baza de la política para conectar con su público desmotivado. La generación de ilusión, esperanza e inspiración por parte de partidos, programas y candidatos no puede descuidarse en un escenario en que lo personal es político. Saber qué sienten, qué aman, qué odian, qué temen los electores ayuda a saber que esperan de la política y, en consecuencia, qué se les debe dar.

 

En esta convivencia de dos modelos, uno más utópico y otro anfibio, no desdeñemos la idea de que se pueda recuperar el modelo antiguo con una drástica abolición de las prácticas más desdeñables y la adición de capas de valor añadido orientado a una mejor experiencia de usuario de la política.

 

 

 

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