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La política de las personas

By ImmaAguilar | 08/08/2017 | 0 Comment

Artículo publicado en Revista LEC de Laestrategicom

No sabemos qué va a pasar en la política. Podemos predecir tendencias, pero no tenemos certeza de lo que puede pasar. Somos conscientes de nuestro vulnerable sistema de proyección desde que Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en 2016. Sin embargo, y esto es lo desconcertante, cada vez tenemos más herramientas para la prospectiva, para vaticinar los escenarios de futuro. Manejamos millones de datos que podemos recabar online de cada una de las zonas en que se desenvuelve la dinámica de la política. La transparencia de las instituciones, la posibilidad de conocer minuciosamente a los ciudadanos, tanto en el análisis de sus comportamientos como en sus respuestas a las preguntas de la demoscopia, son elementos catalizadores del conocimiento exacto de las realidades sociales o, al menos para tener datos con los que deducir hacia dónde van las tendencias sociales. Pero esto no es así. Los recientes episodios electorales han sorprendido a los analistas, incapaces de predecir el Brexit, la victoria de Trump o el No colombiano en el referéndum sobre la firma de la paz.

Muchos expertos aseguran que eso ocurre por la situación de contexto en que se producen esas realidades. Tras la Segunda Guerra Mundial se definió un tiempo de VUCA: volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad. Eso ocurría en los 50. Y de nuevo nuestro contexto es así de determinante. Para ser exactos, no es tanto que fallen las herramientas que nos permiten apresar el conocimiento, o los datos más o menos exactos sobre la realidad, como que el contexto impide generar metodologías eficaces de predicción.

 

Estamos mejorando los criterios para la interpretación de los resultados de las estudios, lo que llaman, la cocina de las encuestas. No es cierto que las encuestas estén erradas en sus resultados. No es así. Aciertan las previsiones, pero los marcos de los análisis son erróneos, las enfoques de las preguntas se desvían del centro de la diana. A mi entender, lo que falla es el marco del análisis, el paradigma en el que enfocamos el trabajo de prospectiva. Un ejemplo muy significativo es la deducción que la mayoría de los analistas formulamos en el segundo debate entre Hillary Clinton y Donald Trump. Faltaban semanas para al elección presidencial y los sondeos daba la victoria a Clinton, los medios de comunicación tenían clara su apuesta por lo establecido y en un momento concreto del debate, la candidata intervenía con detalle sobre un asunto internacional. Trump la interrumpió y le dijo. “veo que está usted muy preparada para esta respuesta”. A lo que ella respondió: “Claro, me estoy preparando para ser presidenta de los Estados Unidos”. Lo que todos interpretamos como un error clave de Trump mostrando su falta de preparación, los espectadores lo interpretaba como un rasgo de autenticidad frente a una Clinton construida e impostada. El marco del análisis había cambiado y los expertos no estábamos en él. Es la famosa ventana de Overtone, un reducido espacio por el que mirar, dentro del cuál todo es aceptable.

 

Tenemos un problema con la forma de pensar. Visualizamos una línea continua hacia delante cuando pensamos en el futuro, pero las cosas no pasas así, sino que nuestra realidad está fraccionada y avanza en círculos, como los días, las semanas, o los años. Cosas que empiezan y acaban y vuelven a empezar. Líneas que avanzan y retroceden. Todo esto nos lleva a la pregunta sobre si lo que estamos viviendo no es más que el final de un modelo y el principio del siguiente, ambos en convivencia. El paradigma de la política clásica basada en instituciones formales parece esar agotado y en revisión, lo cual no significa que se acabe, pero sí que su reforma es inevitable. Sería, pues, un modelo que se autoregenera sobre sus propios cimientos. Frente a este, y conviviendo con él, un tipo política basada en las relaciones interpersonales, sin intermediarios, más líquida y en la que los papeles se intercambian y se diluyen, un modelo de plataformas y sin partidos.

 

A lo largo de siglos, nuestro modelo de sostenimiento de la democracia se ha basado en los pilares fundamentales de la ciudadanía, instituciones de la política (gobierno, parlamentos, partidos,…) y medios de comunicación. Ese sostenimiento se ha fundamentado en la salud y fortaleza de cada uno de esos elementos. En algunas ocasiones, alguno de ellos, se queda más rezagado y otros toman la vanguardia del impulso a la evolución de la democracia. Es fácil afirmar y sostener que nos hallamos en un escenario en que los ciudadanos han tomado esa delantera gracias, entre otras cosas, a la percepción de mayor poder que les ha otorgado la tecnología “liberadora” que pone en sus manos la capacidad de influir en el ecosistema de lo público.

 

Ese nuevo modelo que emerge y que responde a un sistema interpersonal, de relaciones sin intermediarios, requiere de una adaptación de nuestra mirada desde la política, una política de las personas, como producto y destino de la acción pública. Auditemos la política en todos sus procesos y decisiones y analicemos si se ajusta a una orientación al electorado, a la ciudadanía. Comprobemos si hemos entendido que la gente vota por lo que son, lo que aman, lo que odian, lo que temen.

 

 

 

 

 

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