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El juego, la guerra y la política

By ImmaAguilar | 20/07/2015 | 0 Comment

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Es posible que les suene frívolo este título. Pero no lo crean, me refiero al juego de estrategia, al juego entre rivales que respetan unas reglas y en el que siempre gana el mejor. Eso es la política cuando nos situamos en el tablero de una campaña electoral o en la negociación parlamentaria.

Las diferencias que orientan mi reflexión entre el juego y la guerra son dos: la primera es que, a diferencia de la guerra en que vale todo para salir victorioso, en el juego sólo es factible seguir las normas impuestas y aceptadas. La segunda diferencia, más perturbadora si cabe,  es que en la guerra, la muerte marca el final. Un soldado muerto no vale para otra guerra. 

Me interesa desde hace algún tiempo la teoría de los juegos, que es un área de la matemática aplicada.  En contraposición con la manida recomendación para spin doctors de estudiarse “El arte de la guerra” de Tzun TzuEn, yo propongo La teoría del Juego. En ese marco teórico, se estudian las estrategias óptimas y el comportamiento de los actores en las diversas fases del juego, la toma de decisiones en estructuras formalizadas de incentivos. Desarrollada en sus comienzos como una herramienta para entender el comportamiento de la economía, la teoría de juegos se usa actualmente en muchos campos, como en la biología, sociología, psicología, filosofía y ciencias de la computación. Pero su gran crecimiento se produce, paradójicamente, debido a su exitosa aplicación en la estrategia militar. Fue durante la Guerra Fría cuando se formula el concepto de la destrucción mutua. Un punto caliente de la historia de la humanidad en que la batalla suponía el fin de los dos bandos. La idea de morir matando.

 Desde la teoría de los juegos, analicemos las decisiones que se toman en entornos donde se producen interacciones al mismo nivel. En otras palabras, cómo se elige la conducta mejor cuando esta decisión depende de las elecciones de otros individuos. La estrategia consiste entonces en actuar pensando más en las acciones de los otros, para llevar a cabo las nuestras que son subsidiarias de las primeras.

Bajo esta premisa y en el terreno político, deberíamos estudiar al rival, sus movimientos, sus aciertos y sus errores y actuar en consecuencia. En definitiva, saber en qué fuentes beben los otros jugadores, por qué son mejores que nosotros, aprender de ellos, imitarles y superarles. Vencerles. Y precisamente por este criterio, carece de eficacia desdeñar al rival y ningunearlo, desearle la derrota, encontrar sus puntos débiles, mientras en nuestro equipo los errores y las cegueras impiden la decisión óptima. Ese debería ser nuestro trabajo, el de asesores y estudiosos del diálogo político. Y digo diálogo y no contienda política.

El efecto de la aparición de Podemos debería llevar a los demás partidos a una reflexión profunda de las prácticas y de su propio papel en el escenario de la democracia. Debemos revisar el modelo con el que políticos y ciudadanos se relacionan.  Las demandas de participación y de rendición de cuentas han superado ya el modelo basado en un eje ideológico que va desde la izquierda a la derecha, y viceversa, pasando por el amplio centro.

Nos encontramos en un marco de mensaje y trabajo políticos distinto, en un esquema en el que la política tradicional no se acomoda: el de lo viejo frente a lo nuevo; y el de las élites versus los ciudadanos. Dos ejes cruzados y una zona idónea la que se conjuga lo nuevo con los ciudadanos. Ese es el territorio es donde hay que situarse. El tablero de juego de la política.

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